Quizá porque el objetivo -el más ambicioso que recuerdo- de la campaña de reafirmación sevillista “Somos de todos” me lo ha recordado, o tal vez por el ambiente de amotinamiento pachanguero que se vive estos días en nuestra ciudad para la recuperación de esa identidad sentimental perdida que se adjudican, ellos solitos, los de la otra acera, me he decidido a escribir sobre un tema tan complejo y, posiblemente, poco práctico, como los sentimientos que provoca el Sevilla Fútbol Club en otros aficionados al fútbol distintos de los que predican, predicamos, nuestro amor incombustible por el club de Nervión.
En líneas generales, creo que los sevillistas tenemos la sensación de que nuestro Sevilla Fútbol Club no cae simpático. Sin entrar en berenjenales sociológicos de ningún tipo, son varias las causas que podemos citar casi todos para justificar este diagnóstico: desde una insultante supremacía deportiva en su entorno geográfico más cercano (léase, Sevilla y Andalucía), hasta las infundadas acusaciones de tropelías y/o avasallamiento proclamadas hasta la saciedad por nuestros más envidiosos rivales, sin prueba alguna para acreditarlo más que las batallitas del abuelo, pasando por las fobias político-administrativas derivadas de su condición capitalina o simplemente la envidia de representar a una ciudad de por sí envidiada por muchos. Pongamos un poco de cada cosa en la coctelera, y agitándola mínimamente, tendremos casi asegurada la pócima venenosa que intentan verter, que llevan eternamente intentándolo diría yo, todos nuestros enemigos sobre el buen nombre de nuestra entidad.
Y yo me pregunto, ¿a qué este afán? ¿por qué no se dedican a lo suyo y nos dejan en paz? ¿No será que el Sevilla representa el éxito, el poderío, la grandeza deportiva que ellos añoran? Muchos me tacharán de iluso, pensando que el Sevilla está a años luz de clubes verdaderamente exitosos como el Real Madrid y el Barcelona, y que éstos no sufren de esas antipatías. Sin embargo, la diferencia, en lo sentimental, que es lo que aquí vale, no está en el quantum de los títulos, ni en el glamour de sus figuras, sino en que la mayoría de esos antisevillistas no se consideran iguales al Madrid o al Barcelona, a quienes sitúan de manera natural e inevitable en escalones superiores a sus propios equipos, así que su resquemor, la verdadera rabia, se la provoca que el Sevilla, a quien sí consideran como un igual, les supere constantemente en triunfos deportivos, al menos durante los últimos cien añitos de fútbol conocidos por estos lares.
El Sevilla no cae simpático, pero es por una razón más simple que todo lo expuesto. El Sevilla no cae simpático, sencillamente, porque no lo pretende, no lo busca. Mientras hay clubes que se amparan en toda clase de alimentos espirituales que, cuánta hipocresía, ya vemos en estos días que no quitan el hambre de triunfos deportivos a sus adeptos, el Sevilla Fútbol Club siempre se ha guiado por el propósito de despertar admiración y respeto, y por dotar de un sentido práctico a su ejecutoria, persiguiendo el éxito deportivo, el honor, el orgullo que proporcionan los triunfos. Ya lo dijo allá por 1913 el entonces Presidente sevillista José María Miró Trepats: “Nuestra norma es la disciplina; nuestro ideal, la victoria; la fortaleza es nuestra aspiración; y la admiración de los demás, nuestro premio”.
Sigamos persiguiendo el objetivo de la gloria deportiva, del triunfo, del poderío, continuemos sembrando ese temor reverencial de nuestros enemigos, tenemos la admiración del resto de clubes y de la sociedad en general, en España y en el mundo, por una gestión ejemplar y modélica, por una ejecutoria envidiable, por una obra social única a través de la Fundación, por la labor con los más pequeños, en los hospitales, con los inmigrantes. Luchemos por un futuro más rojiblanco que nunca. No queremos ser simpáticos, ni graciosos, ni provocar risitas por lo bajini. Eso lo dejamos para quienes, pobrecitos ellos, solo tienen eso. No queremos falsas adhesiones de tipos que solo buscan a la desesperada un hueco en los informativos o relanzar dudosas carreras profesionales hace ya mucho tiempo agotadas, menos aún ansiamos trovadores de tres al cuarto, consumados expertos en manipulaciones varias, adictos a la mentira o políticos de doble y hasta triple chaqueta, si hace falta. Queremos gente que arrime el hombro, que lo arrime de verdad, como siempre, que saque su abono, si pueden permitírselo, que llenen el campo, que sigan a su equipo cómo y cuándo puedan, en España y en Europa, que compren en las tiendas oficiales, que luzcan orgullosos sus camisetas, que pregonen a los cuatro vientos su sevillismo, sin alharacas, sin ostentaciones, sin golpes de pecho. Con firmeza y siempre de frente. Así sí, así seremos de todos.
José Enrique Vidal