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 Dedicado a los nostálgicos

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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Jue 18 Jun 2009 - 13:33

uffff, no veas con el video!!
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Jue 18 Jun 2009 - 13:51

tiene tela el video......yo no puedo ver estas cosas!!
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Manxega




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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Jue 18 Jun 2009 - 16:12

tiene tela si, es inevitable el no llorar viendolo...pero forma parte de nuestra historia chicos ..

LO MEJOR DE TODO ES QUE NO SE VA A VOLVER A REPETIR

SEVILLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

AAAAAAAAhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
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Manxega




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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Vie 19 Jun 2009 - 16:11

CRÓNICA DE UNA GRAN BATALLA


Son las 18:00 de la tarde, escucho la radio, la frecuencia, programa, sintonía que sea…todos hablan de lo mismo. Intento calmar los nervios, pero es casi imposible, no es lo que podemos ganar, sino la historia que podemos escribir… HISTORIA MUCHA HISTORIA. Dos seguidas iguales, una más sufrida que la otra.


Va llegando la hora del partido, cada vez son más los nervios, veo a la gente en la ciudad destinada a laurear al campeón y siento nostalgia de no estar allí, estuve no hace más de un año y salimos victoriosos… me sentía un héroe a la vuelta.


El ambiente es genial y del cielo caen lagrimas del tercer anillo. Rezo y pido “a mi gitano” para que nos guíe al cielo. Pienso en Frederic rezando a su Dios, pienso en O’ Fabuloso encomendándose a Dios, en el gran danés pidiéndole a los dioses nórdicos…. rezo a San Andrés.

Comienza todo, me santiguo y mi respiración comienza a agitarse a una velocidad vertiginosa. Miro a mi hermano, miro a mi padre, miro a mi madre.

El enemigo parece querer más que nosotros. Tienen mucha hambre de gloria pero yo confío en los míos, en la experiencia, la serenidad y sed que tenemos de luchar y que es bastante. Los vítores de los que acompañan a estos 11 guerreros no cesan, tampoco los del enemigo.

Mi voz no está en el lugar de la batalla pero si en sus corazones y parece que los tengo justo a mi lado.

San Andrés lanza una flecha envenenada a la que sigue Adriano y pone más empeño y fuerza que nadie para poder llegar al cielo, al limbo, a la gloria. Se va frenando ante la puerta rival y mi corazón también lo hace, cierro los ojos y pido que no nos falle. Y la flecha hiere, se ha clavado. Gritos de júbilos, abrazos, explosión de alegría….

…Consciente de que todo no a acabado y que las cosas o son como parece el enemigo acierta también y nos hiere, con algo de fortuna, y les sirve para que venirse arriba y subir su moral y autoestima.

San Andrés hace lo que debe y que mejor sabe hacer, ser santo, y nos salva con sus manoplas, pues son su escudo y el escudo de todos.


Hay descanso, parece que me tranquilizo algo más. Pienso en lo luchado, batallado, peleado… y estoy más seguro de mi legión que nunca, seguro del sargento que los alienta desde la banda, se que cuando el general dice SI o SI, lo es…


Comienza de nuevo y vuelvo a santiguarme. Las cosas siguen con las fuerzas igualadas hasta que el enemigo comete un error y hace trampas. Es castigado y cae uno de ellos… tenemos ventaja pero cuando la batalla es tan dura y hay tantos sentimientos por delante no hay ventaja que valga.

Durante el resto de la contienda asediamos al enemigo sin éxito alguno, rozamos sus cabezas, sus corazones pero no damos el golpe final.

Prolongan la batalla y ahí estamos, llueve y las fuerzas flaquean…

Parece que vamos a llevarnos la batalla pero no llegamos a matar al enemigo, no conseguimos calmar a los nuestros y asegurarnos la contienda.

Hasta que por fin el niño – genio, el niño endiablado acierta y deja en bandeja la daga al dios Malí, al moreno de Africa… para que apuntille.

De nuevo saltos, jubilo de los nuestros y alguna que otra lagrima de emoción por que empezamos a creer en la victoria.

Yo, aun no estoy conforme y aunque el enemigo esta herido de muerte no me fío… y en un descuido de los nuestros uno de ellos se levanta y asesta un gran lanzamiento a nuestra retaguardia con su lanza, con la cual quedamos muy tocados. Parece la batalla inacabable, incansables, los enemigos van a la heroica y queda poco tiempo para asestar el golpe final. Todos tenemos el corazón en un puño, todos tememos la muerte súbita del uno contra uno, donde una mala pisada, un mal posicionamiento, un poco de suerte puede decantar la balanza.

Llegamos al momento del uno contra uno, uno de los nuestros es fijo… es San Andrés y vuelvo a rezar, vuelvo a santiguarme. Se que este hombre (si es que es de este planeta) no ha hecho tanto en esta guerra para a perder la batalla final. Si perdemos la batalla perdemos la guerra y él ha sido nuestro gladiador número uno durante la misma. Lo esta siendo en la última de las batallas y espero que lo siga siendo en el uno contra uno de este ¿trágico final?…

Asestamos primeros y cobramos ventaja. Disparan ellos y esquivamos el golpe, cobrando aún así mas ventaja, San Andrés es nuestro milagro. Llamamos a los europeos del este para que nos ayuden y un tal Drago asegura un poquito más la batalla para nosotros. Les toca su turno y no fallan con su “rifle”, seguimos adelantando líneas.

Le toca a uno de los mejores guerreros de los nuestros, de piel morena, pero también en las grandes batallas los grandes guerreros pueden fallar, y así lo hace, se vuelve a igualar todo y no damos crédito a lo que vemos. Ahora vuelve a lanzar el último en asestar el golpe del enemigo en el tiempo reglamentario pero de nuevo un gran San Andrés hace que se me salten las lagrimas, me abrace a mi familia, y vea la alegría de muchos de los nuestros pues, puodemos fallar una vez pero estoy seguro que no fallaríamos dos veces.

Le toca a un chaval, uno que salió por la “puerta” rojiblanca espartana de Nervión, un barrio guerrero y aguerrido del que procede nuestra estirpe…y no perdona dejando el desenlace final de nuevo en SAN ANDRÉS. ¡¡¡¡Y de nuevo detiene el fatal puñetazo que nos lanza el enemigo dándonos así la VICTORIA!!!!, pues no quedan más guerreros para disputar la batalla.

Somos los mejores, somos los más fuerte del Imperio, somos diablos, somos guerreros, somos artistas, somos …. BICAMPEONES.

Por la mañana del día siguiente, muy temprano se escuchan los pájaros de fuego de los héroes que vuelven victorioso, que nos trae el imperio conquistado, recuerdo cuando yo también lo fui, peor ahora también me siento héroe en la lejanía, pues las grandes guerras no se ganan en la contienda final , sino en cada batalla ganada…


Es indescriptible lo que siento en mi adentro, de los días de gloria que nos aguardan y ahora más que nunca le doy gracias a mi abuelo por ser sevilista por que así mi padre también lo fue, yo lo soy y mis hijos lo serán….GRACIAS POR TODO!





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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Mar 30 Jun 2009 - 3:09

El ocho.



Os dejo un nuevo artículo creado para Columnas Blancas.

Se podría haber publicado perfectamente en el Voladizo, sólo y exclusivamente en el Voladizo, pero entiendo que la memoría de los grandes debe ser recordada por todos y en Columnas sin duda tendrá mayor repercusión. Juan y sobre todo Enrique lo merecen.


Quiero dedicarle especialmente este artículo a un amigo que está pasando por unos momentos duros, por esos momentos que por desgracía nos toca pasar a todos, más tarde o más temprano, recordándole que nadie se va del todo mientras se le mantenga en el recuerdo.

Para este amigo -él sabe quien es- la nueva entrega de Columnas.



















Publicado por A. Ramírez
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Sáb 4 Jul 2009 - 15:40

"EL AÑO QUE VIENE VA A SER EL DEL SEVILLA Y EL DE JIMÉNEZ"

Antonio Notario, ataviado con ropa de su actual equipo, el Celta de Vigo, se pasó hace unos días por la planta noble del Ramón Sánchez Pizjuán para saludar a tantos viejos amigos que aún conserva de su dilatada carrera en Nervión. El cancerbero atendió a esta Web, hablando del presente del Club y de lo que fue su presente en el mismo. Sobre el hoy, el catalán apuntó que "es impresionante el crecimiento, desde que salí el Sevilla ha crecido año a año, para mí eso es un orgullo, tengo un hijo sevillista y ésta es mi casa". Dicho esto, dio un espaldarazo en toda regla a Manolo Jiménez: "Las críticas se veían raras desde fuera, porque ves al Sevilla tercero en Liga delante de muchos equipos que presumiblemente deberían estar ahí. Creo que la afición al final ha entendido a Jiménez. Jiménez puede llevar al Sevilla a hacer algo importante, pienso que el año que viene va a ser el de Jiménez y el del Sevilla".

De esos éxitos que están por llegar, como de los que llegaron, el meta, que sí disfrutó de Eindhoven, se sentirá protagonista, porque él fue uno de los jugadores sobre los que se cimentó el proyecto para reflotar al equipo de Segunda a la elite del balompié nacional: "Nosotros también somos partícipes, eso es un orgullo para todos los futbolistas que pasamos por aquí. Ahora vienes y ves la calidad de los jugadores y te hace sentirte más sevillista todavía".

Saca pecho Notario por el recuerdo que le guarda el sevillismo, porque "cada vez que vengo a Sevilla la gente me trata con cariño. Me fui con el cariño de la gente y lo sigo teniendo, y eso para un futbolista es muy importante". Los plantes de Antonio son volver a Sevilla "en un futuro no muy lejano y espero que arraigado al Club".


Sevilla FC
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Lun 6 Jul 2009 - 3:18

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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Lun 6 Jul 2009 - 3:18

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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Sáb 11 Jul 2009 - 4:04

VIDEO
Hoy en día, mi equipo está dentro de los grandes de Europa, pero todos sabemos que hasta llegar aquí hemos pasado momentos duros, uno de ello fue el tantas veces nombrado descenso de la liga 96/97 en aquel partido del Carlos Tartiere (Oviedo), había visto imágenes de esos tristes momentos, pero no en este video de las noticias de tele 5 que me han llamado la atención varias cosas a parte de las imágenes que no había visto antes. Si le dais al play no dejar de ver después de que el presentador deje de hablar del Sevilla, sobre todo si sois de los que les dio mucha pena el descenso del Betis, que al parecer hay muchos. También me llamo la atención el personaje que consuela a Loren, míster Sanabria, y un jovencito peinado a lo Petrovic cuando el equipo era recibido en el aeropuerto, mi amigo Manolo Aguilar, muy "querido" por aquí.
El video merece la pena de verlo.





Jose Luis
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Miér 5 Ago 2009 - 3:34

Leyenda del Cristo de Cachorro.



En el famoso barrio de Mi Triana, al otro lado del Guadalquivir y donde se asientan las industrias cerámicas desde los tiempos más remotos, fue encontrada a finales del siglo XVI, una imagen de la Virgen que estaba oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente la pusieron los cristianos en el tiempo de la invasión árabe. El vecindario acogió esta dádiva del cielo con alegría y fervor, construyéndose con limosnas de todos los trianeros una pequeña capilla donde rendirle culto. Muy pronto y según costumbre sevillana, se fundó una hermandad para honrar a la Virgen tan milagrosamente hallada.

A mediados del siglo XVII se constituyó otra hermandad titulada de Nuestra Señora del Patrocinio, advocación que estaba muy en boga por ser una de las predilectas de la devoción del rey Felipe IV. Ambas cofradías se fusionaron en una sola en el año 1689, acordando titular la nueva corporación con el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.

Vivía por aquel entonces en la Cava de Triana, donde esparcidas a la orilla del Guadalquivir, sobre la tierra arcillosa de los tejares estaban las chozas de los gitanos, un hombre de esta raza, todavía joven en la florida edad de los treinta años, en quien se unían las más gallardas prendas de la gitanería andante, de estatura prócer como descendiente de reyes, flexible de miembros, estrecho de cintura como bailarín y con las manos finas y alargadas, porque según su estirpe, se habría dejado antes morir de hambre que trabajar con ellas. Las manos del gitano, señoriales y finas, llamaban la atención por ser tan distintas de los de los ganapanes que trabajaban de sol a sol sacando tierra a paletadas en los barrancos de La Cava para fabricar los ladrillos, junto a cada horno de alfarería. Llamaban a este gitano el Cachorro y se le admiraba por su habilidad en tañer la guitarra y cantar con quejumbrosos quiebros de garganta los sones dramáticos del cante jondo, todavía entonces impregnados de los últimos temblores de la música morisca recién expulsada de España.

El Cachorro era, aunque cantaor, hombre serio, taciturno, reconcentrado y cuando participaba en las zambras gitanas o en las juergas de las tabernas, donde se despachaba el vino sacándolo con un cazo de estaño de los barreños colocados junto al mostrador, asumía siempre una actitud distante; como si cantara o bailara para él solo, aunque estuviera rodeado por la atención expectante de la tribu, o de los compañeros de fiesta. No se le habían conocido amores, pero todas las gitanas de La Cava suspiraban por él. Algunas voces despechadas susurraban que acaso al otro lado del río, en los barrios señoriales de San Vicente o de San Francisco, era donde los pensamientos de el Cachorro tenían alguna prisión en que cautivarse.



Aprobadas las Reglas de la nueva Hermandad de la Expiración, fue necesario dotarla de sus imágenes titulares y el Cabildo de Cofrades acordó concertar con algún artista de renombre, la construcción de una escultura que representase al Señor expirando. Y como en aquellos tiempos alcanzaba la palma y llevaba la gala el ser el más diestro escultor de Sevilla, Francisco Ruiz Gijón, se le confió a este insigne artífice el trabajo de labrar dicha imagen.

No conseguía Ruiz Gijón imaginar una nueva figura de Crucificado que pudiera destacar entre las muchas y muy buenas que ya existían hechas por ilustres predecesores en el arte de la gubia, como Juan de Mesa y como Martínez Montañés.

Durante varios meses realizó cientos de bocetos, tanto dibujándolos al carbón sobre papel, como sacándolos modelados de barro; pero siempre los rompía antes de terminarlos porque ninguno llegaba a satisfacerle. Obsesionado por su falta de inspiración, abandonó cualquier otro trabajo, olvidó de comer y enflaqueció a ojos vistas, sin salir día ni noche de su taller donde apenas interrumpía el trabajo cuando rendido por el sueño caía agotado sobre un camastro y aun durmiendo, seguía su cerebro imaginando nuevas figuras de Cristo en las que nunca encontraba la perfección que él deseaba. Porque Ruiz Gijón lo que quería reproducir era, más que un Cristo agonizando, la agonía misma por antonomasia.



No debían estar equivocadas por completo las voces susurrantes que maliciaban que el Cachorro tenía amores al otro lado del puente de Triana, porque con frecuencia se le veía desaparecer de La Cava y regresar al cabo de varios días, pero nunca se supo dónde iba. Y como los gitanos se dividían en dos clases, los gitanos caseros y los gitanos andarríos, los que tenían casas, o sea, los que vivían en chozas en La Cava, averiguaron de sus hermanos los nómadas, que andan en carretas y que ponen una manta o una lona formando techo al amparo del tronco de cualquier olivo en sus correrías, que el Cachorro nunca había sido visto por los caminos reales, por los cortijos ni por las ferias de los pueblos. No podía dudarse que cuando faltaba de La Cava permanecía oculto en algún lugar de Sevilla y se le veía tan ensimismado, cuando puede estarlo quien vive enfermo de amores difíciles o secretos.

Cierto día apareció por La Cava un hidalgo cuya figura desusada por aquellos parajes, llamó la atención de quienes frecuentaban las tabernas del barrio. Resultaba en verdad un contraste demasiado extraño el ver al caballero vestido con jubón de terciopelo negro, cuello a la valona y rica y bien guarnecida capa de seda, en aquellos tabernuchos improvisados en una choza con honores de barraca, donde las moscas negreaban sobre la tabla que servía de mostrador y donde el vino, de tanto airearse en el barreño al meter y sacar los vasos de estaño, daba un olor espeso y acre a la atmósfera. El recién llegado bebió en más de uno de los míseros tabernuchos el vino o la copa de aguardiente, disimulando difícilmente la repugnancia que sentía de acercarse a los labios el vaso donde antes de él habían bebido otros clientes sin que el tabernero se tomase la molestia de enjuagarlo. El hidalgo preguntó en todas partes si conocían a un gitano llamado El Cachorro y aunque entre la gente del bronce es uso callar o fingir ignorancia, cuando se marchó de Triana llevaba la convicción de haber dado con la pista del gitano que buscaba.

Desde aquel día viose merodear por Triana, unas veces a pie, otras a caballo, al misterioso hidalgo, siempre bien lucido de ropas y con el ademán obstinado de quien espera pacientemente, como el cazador en su puesto de acecho.

Cayó enfermo Ruiz Gijón del tanto trabajar y del tan poco comer y casi no dormir. Le ardían las manos de la fiebre, pero aunque intentaban retenerlo en la cama, él se levantaba para dibujar y modelar.

Cierta noche en que la calentura le tenía amodorrado, se despertó de repente, se incorporó con trabajo en el camastro y buscando a tientas las botas y la capa se dispuso a salir. Ni siquiera se había vestido, sino que por entre la capa se le veía blanca y empapada en sudor la camisa. Intentaron sujetarle sus familiares, pero él se desasió de ellos gritando:

- Dejadme, ahora es cuando sé que voy a copiar la verdadera cara de agonía que necesito para el Cristo de la Expiración.

Y rechazando a su mujer y a su hija que llorando querían impedirle la salida, requirió un rollo de papeles y un puñado de carboncillos, abrió la puerta y se perdió en la negrura de la calle. Parecía como si le fueran guiando, aunque él no sabía hacia dónde se encaminaba. Tenía Ruiz Gijón su taller por el barrio de la Merced, cerca de la Puerta Real. Siguió por la calle de las Armas hacia un postigo, que por las noches permanecía abierto y salió fuera de las murallas cruzando el puente de barcas que unía Sevilla con Triana. Al llegar al Altozano, quedó un momento como dudando hacia dónde dirigirse, pero la inconsciencia de la fiebre de la que estaba poseído, le hizo encaminar sus pasos hacia el lugar donde otras veces ya había estado, que era la capilla del Patrocinio. Llegado ante la puerta quedó un momento como extasiado, imaginando que en el interior estaría alguna vez la imagen que él iba a labrar. A través de la puerta cerrada su alucinación de enfermo hacía prever visible el altar con la imagen del Cristo y lleno de una local alegría desenrolló el papel y empuñando el carbón intentó copiar lo que sólo en su imaginación estaba viendo. Pero al comenzar a hacerlo recobró la lucidez y se dio cuenta de que estaba ante una puerta cerrada de no sabía qué sitio, porque no se había enterado cuándo ni cómo ni por qué calles había llegado hasta allí.

- Indudablemente estoy volviéndome loco – pensó con terror -. Y desalentado se dejó caer, más que sentado, derribado en el escalón del pórtico de la iglesia.

De repente oyó gritos a lo lejos, gritos terribles de mujeres que taladraban el aire de la noche como cuchillos. Una algarabía de gritos femeninos, estridentes y prolongados; luego vio moverse luces y oyó el galope de un caballo. Y ante él pasó como volando un jinete que ondeaba a la espalda de los vuelos amplios de una capa de seda. Se levantó Ruiz Gijón y echó a andar hacia el lugar donde partían los gritos y donde se movían las luces. Era un grupo de chozas en que moraban los gitanos. Se acercó pensando en que había ocurrido allí alguna tremenda desgracia y su caritativo natural le empujaba a socorrer, si era posible, a quien lo necesitase.

A medida que se acercaba, precisaba más a la luz de los candiles, el grupo de mujeres que gritaban y se retorcían las manos con vivo dolor, desmelenadas y a medio vestir, como de haber salido de sus chozas arrancadas del descanso. Ya cerca, vio la causa de aquel llanto y de aquellos gritos. En el suelo había un hombre retorciéndose en los últimos espasmos de la agonía.

Parecía querer decir algo, acaso el nombre de su matador, y alzando la cabeza dejaba escapar con trabajo los estertores de una respiración que se acababa. Aquel hombre era el Cachorro, el gitano que había cumplido su cita con el destino, pagando con la vida sus secretos amores. Se le veía atravesado de pecho a espalda por una daga de rica empuñadura que su matador le había dejado hincada junto al corazón.

Ruiz Gijón viendo este espectáculo alucinante, olvidóse del hombre compasivo que llevaba dentro y se sintió salvajemente, gloriosamente artista y nada más que artista y mientras las mujeres intentaban devolverle a la vida al moribundo arrancándole del pecho el puñal, Ruiz Gijón con un trozo de carboncillo iba dibujando sobre el papel, a la amarilla luz de los candiles, la cara de agonía del gitano. Después enrolló su boceto y abandonando el grupo trágico donde ya el muerto era levantado en brazos por algunos gitanos que iban llegando, emprendió el regreso paso a paso hacia el puente de Triana, lo cruzó, pasó el Postigo del Arenal, entró en su casa y se dejó caer en la cama sintiendo sobre sí ahora todo junto, el cansancio de tantos meses de fatigosa labor. En poco tiempo Ruiz Gijón trasladó a la madera con la gubia, el boceto que había hecho aquella noche. Consiguió que la imagen tuviera verdaderamente la más exacta expresión de la agonía.



Y cuando aquel año salió por primera vez en procesión a la calle el Viernes Santo, la nueva imagen de la Hermandad del Patrocinio, el vecindario de Triana al ver en la cruz el Cristo de la Expiración, comenzó a prorrumpir en gritos de admiración y de sorpresa.





- ¡Mirad, si es el Cachorro!

¡Si es el Cachorro!

Y en efecto, era el Cachorro, el gitano taciturno, cantaor y enamorado, el que mataron por amores una noche en La Cava de Triana y que el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón, había convertido en la figura del más hermoso y dramático de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana.[/center]
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Chorly




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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Miér 5 Ago 2009 - 9:38

Ruíz Gijón plasmó una obra de arte en esta escultura, verlo de cerca impone, sino acercaros a la Iglesia cuando esté en Besapiés y ya veréis lo que os digo.
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Miér 5 Ago 2009 - 11:12

Manxega escribió:
Leyenda del Cristo de Cachorro.



En el famoso barrio de Mi Triana, al otro lado del Guadalquivir y donde se asientan las industrias cerámicas desde los tiempos más remotos, fue encontrada a finales del siglo XVI, una imagen de la Virgen que estaba oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente la pusieron los cristianos en el tiempo de la invasión árabe. El vecindario acogió esta dádiva del cielo con alegría y fervor, construyéndose con limosnas de todos los trianeros una pequeña capilla donde rendirle culto. Muy pronto y según costumbre sevillana, se fundó una hermandad para honrar a la Virgen tan milagrosamente hallada.

A mediados del siglo XVII se constituyó otra hermandad titulada de Nuestra Señora del Patrocinio, advocación que estaba muy en boga por ser una de las predilectas de la devoción del rey Felipe IV. Ambas cofradías se fusionaron en una sola en el año 1689, acordando titular la nueva corporación con el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.

Vivía por aquel entonces en la Cava de Triana, donde esparcidas a la orilla del Guadalquivir, sobre la tierra arcillosa de los tejares estaban las chozas de los gitanos, un hombre de esta raza, todavía joven en la florida edad de los treinta años, en quien se unían las más gallardas prendas de la gitanería andante, de estatura prócer como descendiente de reyes, flexible de miembros, estrecho de cintura como bailarín y con las manos finas y alargadas, porque según su estirpe, se habría dejado antes morir de hambre que trabajar con ellas. Las manos del gitano, señoriales y finas, llamaban la atención por ser tan distintas de los de los ganapanes que trabajaban de sol a sol sacando tierra a paletadas en los barrancos de La Cava para fabricar los ladrillos, junto a cada horno de alfarería. Llamaban a este gitano el Cachorro y se le admiraba por su habilidad en tañer la guitarra y cantar con quejumbrosos quiebros de garganta los sones dramáticos del cante jondo, todavía entonces impregnados de los últimos temblores de la música morisca recién expulsada de España.

El Cachorro era, aunque cantaor, hombre serio, taciturno, reconcentrado y cuando participaba en las zambras gitanas o en las juergas de las tabernas, donde se despachaba el vino sacándolo con un cazo de estaño de los barreños colocados junto al mostrador, asumía siempre una actitud distante; como si cantara o bailara para él solo, aunque estuviera rodeado por la atención expectante de la tribu, o de los compañeros de fiesta. No se le habían conocido amores, pero todas las gitanas de La Cava suspiraban por él. Algunas voces despechadas susurraban que acaso al otro lado del río, en los barrios señoriales de San Vicente o de San Francisco, era donde los pensamientos de el Cachorro tenían alguna prisión en que cautivarse.



Aprobadas las Reglas de la nueva Hermandad de la Expiración, fue necesario dotarla de sus imágenes titulares y el Cabildo de Cofrades acordó concertar con algún artista de renombre, la construcción de una escultura que representase al Señor expirando. Y como en aquellos tiempos alcanzaba la palma y llevaba la gala el ser el más diestro escultor de Sevilla, Francisco Ruiz Gijón, se le confió a este insigne artífice el trabajo de labrar dicha imagen.

No conseguía Ruiz Gijón imaginar una nueva figura de Crucificado que pudiera destacar entre las muchas y muy buenas que ya existían hechas por ilustres predecesores en el arte de la gubia, como Juan de Mesa y como Martínez Montañés.

Durante varios meses realizó cientos de bocetos, tanto dibujándolos al carbón sobre papel, como sacándolos modelados de barro; pero siempre los rompía antes de terminarlos porque ninguno llegaba a satisfacerle. Obsesionado por su falta de inspiración, abandonó cualquier otro trabajo, olvidó de comer y enflaqueció a ojos vistas, sin salir día ni noche de su taller donde apenas interrumpía el trabajo cuando rendido por el sueño caía agotado sobre un camastro y aun durmiendo, seguía su cerebro imaginando nuevas figuras de Cristo en las que nunca encontraba la perfección que él deseaba. Porque Ruiz Gijón lo que quería reproducir era, más que un Cristo agonizando, la agonía misma por antonomasia.



No debían estar equivocadas por completo las voces susurrantes que maliciaban que el Cachorro tenía amores al otro lado del puente de Triana, porque con frecuencia se le veía desaparecer de La Cava y regresar al cabo de varios días, pero nunca se supo dónde iba. Y como los gitanos se dividían en dos clases, los gitanos caseros y los gitanos andarríos, los que tenían casas, o sea, los que vivían en chozas en La Cava, averiguaron de sus hermanos los nómadas, que andan en carretas y que ponen una manta o una lona formando techo al amparo del tronco de cualquier olivo en sus correrías, que el Cachorro nunca había sido visto por los caminos reales, por los cortijos ni por las ferias de los pueblos. No podía dudarse que cuando faltaba de La Cava permanecía oculto en algún lugar de Sevilla y se le veía tan ensimismado, cuando puede estarlo quien vive enfermo de amores difíciles o secretos.

Cierto día apareció por La Cava un hidalgo cuya figura desusada por aquellos parajes, llamó la atención de quienes frecuentaban las tabernas del barrio. Resultaba en verdad un contraste demasiado extraño el ver al caballero vestido con jubón de terciopelo negro, cuello a la valona y rica y bien guarnecida capa de seda, en aquellos tabernuchos improvisados en una choza con honores de barraca, donde las moscas negreaban sobre la tabla que servía de mostrador y donde el vino, de tanto airearse en el barreño al meter y sacar los vasos de estaño, daba un olor espeso y acre a la atmósfera. El recién llegado bebió en más de uno de los míseros tabernuchos el vino o la copa de aguardiente, disimulando difícilmente la repugnancia que sentía de acercarse a los labios el vaso donde antes de él habían bebido otros clientes sin que el tabernero se tomase la molestia de enjuagarlo. El hidalgo preguntó en todas partes si conocían a un gitano llamado El Cachorro y aunque entre la gente del bronce es uso callar o fingir ignorancia, cuando se marchó de Triana llevaba la convicción de haber dado con la pista del gitano que buscaba.

Desde aquel día viose merodear por Triana, unas veces a pie, otras a caballo, al misterioso hidalgo, siempre bien lucido de ropas y con el ademán obstinado de quien espera pacientemente, como el cazador en su puesto de acecho.

Cayó enfermo Ruiz Gijón del tanto trabajar y del tan poco comer y casi no dormir. Le ardían las manos de la fiebre, pero aunque intentaban retenerlo en la cama, él se levantaba para dibujar y modelar.

Cierta noche en que la calentura le tenía amodorrado, se despertó de repente, se incorporó con trabajo en el camastro y buscando a tientas las botas y la capa se dispuso a salir. Ni siquiera se había vestido, sino que por entre la capa se le veía blanca y empapada en sudor la camisa. Intentaron sujetarle sus familiares, pero él se desasió de ellos gritando:

- Dejadme, ahora es cuando sé que voy a copiar la verdadera cara de agonía que necesito para el Cristo de la Expiración.

Y rechazando a su mujer y a su hija que llorando querían impedirle la salida, requirió un rollo de papeles y un puñado de carboncillos, abrió la puerta y se perdió en la negrura de la calle. Parecía como si le fueran guiando, aunque él no sabía hacia dónde se encaminaba. Tenía Ruiz Gijón su taller por el barrio de la Merced, cerca de la Puerta Real. Siguió por la calle de las Armas hacia un postigo, que por las noches permanecía abierto y salió fuera de las murallas cruzando el puente de barcas que unía Sevilla con Triana. Al llegar al Altozano, quedó un momento como dudando hacia dónde dirigirse, pero la inconsciencia de la fiebre de la que estaba poseído, le hizo encaminar sus pasos hacia el lugar donde otras veces ya había estado, que era la capilla del Patrocinio. Llegado ante la puerta quedó un momento como extasiado, imaginando que en el interior estaría alguna vez la imagen que él iba a labrar. A través de la puerta cerrada su alucinación de enfermo hacía prever visible el altar con la imagen del Cristo y lleno de una local alegría desenrolló el papel y empuñando el carbón intentó copiar lo que sólo en su imaginación estaba viendo. Pero al comenzar a hacerlo recobró la lucidez y se dio cuenta de que estaba ante una puerta cerrada de no sabía qué sitio, porque no se había enterado cuándo ni cómo ni por qué calles había llegado hasta allí.

- Indudablemente estoy volviéndome loco – pensó con terror -. Y desalentado se dejó caer, más que sentado, derribado en el escalón del pórtico de la iglesia.

De repente oyó gritos a lo lejos, gritos terribles de mujeres que taladraban el aire de la noche como cuchillos. Una algarabía de gritos femeninos, estridentes y prolongados; luego vio moverse luces y oyó el galope de un caballo. Y ante él pasó como volando un jinete que ondeaba a la espalda de los vuelos amplios de una capa de seda. Se levantó Ruiz Gijón y echó a andar hacia el lugar donde partían los gritos y donde se movían las luces. Era un grupo de chozas en que moraban los gitanos. Se acercó pensando en que había ocurrido allí alguna tremenda desgracia y su caritativo natural le empujaba a socorrer, si era posible, a quien lo necesitase.

A medida que se acercaba, precisaba más a la luz de los candiles, el grupo de mujeres que gritaban y se retorcían las manos con vivo dolor, desmelenadas y a medio vestir, como de haber salido de sus chozas arrancadas del descanso. Ya cerca, vio la causa de aquel llanto y de aquellos gritos. En el suelo había un hombre retorciéndose en los últimos espasmos de la agonía.

Parecía querer decir algo, acaso el nombre de su matador, y alzando la cabeza dejaba escapar con trabajo los estertores de una respiración que se acababa. Aquel hombre era el Cachorro, el gitano que había cumplido su cita con el destino, pagando con la vida sus secretos amores. Se le veía atravesado de pecho a espalda por una daga de rica empuñadura que su matador le había dejado hincada junto al corazón.

Ruiz Gijón viendo este espectáculo alucinante, olvidóse del hombre compasivo que llevaba dentro y se sintió salvajemente, gloriosamente artista y nada más que artista y mientras las mujeres intentaban devolverle a la vida al moribundo arrancándole del pecho el puñal, Ruiz Gijón con un trozo de carboncillo iba dibujando sobre el papel, a la amarilla luz de los candiles, la cara de agonía del gitano. Después enrolló su boceto y abandonando el grupo trágico donde ya el muerto era levantado en brazos por algunos gitanos que iban llegando, emprendió el regreso paso a paso hacia el puente de Triana, lo cruzó, pasó el Postigo del Arenal, entró en su casa y se dejó caer en la cama sintiendo sobre sí ahora todo junto, el cansancio de tantos meses de fatigosa labor. En poco tiempo Ruiz Gijón trasladó a la madera con la gubia, el boceto que había hecho aquella noche. Consiguió que la imagen tuviera verdaderamente la más exacta expresión de la agonía.



Y cuando aquel año salió por primera vez en procesión a la calle el Viernes Santo, la nueva imagen de la Hermandad del Patrocinio, el vecindario de Triana al ver en la cruz el Cristo de la Expiración, comenzó a prorrumpir en gritos de admiración y de sorpresa.





- ¡Mirad, si es el Cachorro!

¡Si es el Cachorro!

Y en efecto, era el Cachorro, el gitano taciturno, cantaor y enamorado, el que mataron por amores una noche en La Cava de Triana y que el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón, había convertido en la figura del más hermoso y dramático de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana.[/center]
otro utrerano mas!! ole, y ole!!
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Miér 5 Ago 2009 - 11:39

Manxega escribió:
Leyenda del Cristo de Cachorro.



En el famoso barrio de Mi Triana, al otro lado del Guadalquivir y donde se asientan las industrias cerámicas desde los tiempos más remotos, fue encontrada a finales del siglo XVI, una imagen de la Virgen que estaba oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente la pusieron los cristianos en el tiempo de la invasión árabe. El vecindario acogió esta dádiva del cielo con alegría y fervor, construyéndose con limosnas de todos los trianeros una pequeña capilla donde rendirle culto. Muy pronto y según costumbre sevillana, se fundó una hermandad para honrar a la Virgen tan milagrosamente hallada.

A mediados del siglo XVII se constituyó otra hermandad titulada de Nuestra Señora del Patrocinio, advocación que estaba muy en boga por ser una de las predilectas de la devoción del rey Felipe IV. Ambas cofradías se fusionaron en una sola en el año 1689, acordando titular la nueva corporación con el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.

Vivía por aquel entonces en la Cava de Triana, donde esparcidas a la orilla del Guadalquivir, sobre la tierra arcillosa de los tejares estaban las chozas de los gitanos, un hombre de esta raza, todavía joven en la florida edad de los treinta años, en quien se unían las más gallardas prendas de la gitanería andante, de estatura prócer como descendiente de reyes, flexible de miembros, estrecho de cintura como bailarín y con las manos finas y alargadas, porque según su estirpe, se habría dejado antes morir de hambre que trabajar con ellas. Las manos del gitano, señoriales y finas, llamaban la atención por ser tan distintas de los de los ganapanes que trabajaban de sol a sol sacando tierra a paletadas en los barrancos de La Cava para fabricar los ladrillos, junto a cada horno de alfarería. Llamaban a este gitano el Cachorro y se le admiraba por su habilidad en tañer la guitarra y cantar con quejumbrosos quiebros de garganta los sones dramáticos del cante jondo, todavía entonces impregnados de los últimos temblores de la música morisca recién expulsada de España.

El Cachorro era, aunque cantaor, hombre serio, taciturno, reconcentrado y cuando participaba en las zambras gitanas o en las juergas de las tabernas, donde se despachaba el vino sacándolo con un cazo de estaño de los barreños colocados junto al mostrador, asumía siempre una actitud distante; como si cantara o bailara para él solo, aunque estuviera rodeado por la atención expectante de la tribu, o de los compañeros de fiesta. No se le habían conocido amores, pero todas las gitanas de La Cava suspiraban por él. Algunas voces despechadas susurraban que acaso al otro lado del río, en los barrios señoriales de San Vicente o de San Francisco, era donde los pensamientos de el Cachorro tenían alguna prisión en que cautivarse.



Aprobadas las Reglas de la nueva Hermandad de la Expiración, fue necesario dotarla de sus imágenes titulares y el Cabildo de Cofrades acordó concertar con algún artista de renombre, la construcción de una escultura que representase al Señor expirando. Y como en aquellos tiempos alcanzaba la palma y llevaba la gala el ser el más diestro escultor de Sevilla, Francisco Ruiz Gijón, se le confió a este insigne artífice el trabajo de labrar dicha imagen.

No conseguía Ruiz Gijón imaginar una nueva figura de Crucificado que pudiera destacar entre las muchas y muy buenas que ya existían hechas por ilustres predecesores en el arte de la gubia, como Juan de Mesa y como Martínez Montañés.

Durante varios meses realizó cientos de bocetos, tanto dibujándolos al carbón sobre papel, como sacándolos modelados de barro; pero siempre los rompía antes de terminarlos porque ninguno llegaba a satisfacerle. Obsesionado por su falta de inspiración, abandonó cualquier otro trabajo, olvidó de comer y enflaqueció a ojos vistas, sin salir día ni noche de su taller donde apenas interrumpía el trabajo cuando rendido por el sueño caía agotado sobre un camastro y aun durmiendo, seguía su cerebro imaginando nuevas figuras de Cristo en las que nunca encontraba la perfección que él deseaba. Porque Ruiz Gijón lo que quería reproducir era, más que un Cristo agonizando, la agonía misma por antonomasia.



No debían estar equivocadas por completo las voces susurrantes que maliciaban que el Cachorro tenía amores al otro lado del puente de Triana, porque con frecuencia se le veía desaparecer de La Cava y regresar al cabo de varios días, pero nunca se supo dónde iba. Y como los gitanos se dividían en dos clases, los gitanos caseros y los gitanos andarríos, los que tenían casas, o sea, los que vivían en chozas en La Cava, averiguaron de sus hermanos los nómadas, que andan en carretas y que ponen una manta o una lona formando techo al amparo del tronco de cualquier olivo en sus correrías, que el Cachorro nunca había sido visto por los caminos reales, por los cortijos ni por las ferias de los pueblos. No podía dudarse que cuando faltaba de La Cava permanecía oculto en algún lugar de Sevilla y se le veía tan ensimismado, cuando puede estarlo quien vive enfermo de amores difíciles o secretos.

Cierto día apareció por La Cava un hidalgo cuya figura desusada por aquellos parajes, llamó la atención de quienes frecuentaban las tabernas del barrio. Resultaba en verdad un contraste demasiado extraño el ver al caballero vestido con jubón de terciopelo negro, cuello a la valona y rica y bien guarnecida capa de seda, en aquellos tabernuchos improvisados en una choza con honores de barraca, donde las moscas negreaban sobre la tabla que servía de mostrador y donde el vino, de tanto airearse en el barreño al meter y sacar los vasos de estaño, daba un olor espeso y acre a la atmósfera. El recién llegado bebió en más de uno de los míseros tabernuchos el vino o la copa de aguardiente, disimulando difícilmente la repugnancia que sentía de acercarse a los labios el vaso donde antes de él habían bebido otros clientes sin que el tabernero se tomase la molestia de enjuagarlo. El hidalgo preguntó en todas partes si conocían a un gitano llamado El Cachorro y aunque entre la gente del bronce es uso callar o fingir ignorancia, cuando se marchó de Triana llevaba la convicción de haber dado con la pista del gitano que buscaba.

Desde aquel día viose merodear por Triana, unas veces a pie, otras a caballo, al misterioso hidalgo, siempre bien lucido de ropas y con el ademán obstinado de quien espera pacientemente, como el cazador en su puesto de acecho.

Cayó enfermo Ruiz Gijón del tanto trabajar y del tan poco comer y casi no dormir. Le ardían las manos de la fiebre, pero aunque intentaban retenerlo en la cama, él se levantaba para dibujar y modelar.

Cierta noche en que la calentura le tenía amodorrado, se despertó de repente, se incorporó con trabajo en el camastro y buscando a tientas las botas y la capa se dispuso a salir. Ni siquiera se había vestido, sino que por entre la capa se le veía blanca y empapada en sudor la camisa. Intentaron sujetarle sus familiares, pero él se desasió de ellos gritando:

- Dejadme, ahora es cuando sé que voy a copiar la verdadera cara de agonía que necesito para el Cristo de la Expiración.

Y rechazando a su mujer y a su hija que llorando querían impedirle la salida, requirió un rollo de papeles y un puñado de carboncillos, abrió la puerta y se perdió en la negrura de la calle. Parecía como si le fueran guiando, aunque él no sabía hacia dónde se encaminaba. Tenía Ruiz Gijón su taller por el barrio de la Merced, cerca de la Puerta Real. Siguió por la calle de las Armas hacia un postigo, que por las noches permanecía abierto y salió fuera de las murallas cruzando el puente de barcas que unía Sevilla con Triana. Al llegar al Altozano, quedó un momento como dudando hacia dónde dirigirse, pero la inconsciencia de la fiebre de la que estaba poseído, le hizo encaminar sus pasos hacia el lugar donde otras veces ya había estado, que era la capilla del Patrocinio. Llegado ante la puerta quedó un momento como extasiado, imaginando que en el interior estaría alguna vez la imagen que él iba a labrar. A través de la puerta cerrada su alucinación de enfermo hacía prever visible el altar con la imagen del Cristo y lleno de una local alegría desenrolló el papel y empuñando el carbón intentó copiar lo que sólo en su imaginación estaba viendo. Pero al comenzar a hacerlo recobró la lucidez y se dio cuenta de que estaba ante una puerta cerrada de no sabía qué sitio, porque no se había enterado cuándo ni cómo ni por qué calles había llegado hasta allí.

- Indudablemente estoy volviéndome loco – pensó con terror -. Y desalentado se dejó caer, más que sentado, derribado en el escalón del pórtico de la iglesia.

De repente oyó gritos a lo lejos, gritos terribles de mujeres que taladraban el aire de la noche como cuchillos. Una algarabía de gritos femeninos, estridentes y prolongados; luego vio moverse luces y oyó el galope de un caballo. Y ante él pasó como volando un jinete que ondeaba a la espalda de los vuelos amplios de una capa de seda. Se levantó Ruiz Gijón y echó a andar hacia el lugar donde partían los gritos y donde se movían las luces. Era un grupo de chozas en que moraban los gitanos. Se acercó pensando en que había ocurrido allí alguna tremenda desgracia y su caritativo natural le empujaba a socorrer, si era posible, a quien lo necesitase.

A medida que se acercaba, precisaba más a la luz de los candiles, el grupo de mujeres que gritaban y se retorcían las manos con vivo dolor, desmelenadas y a medio vestir, como de haber salido de sus chozas arrancadas del descanso. Ya cerca, vio la causa de aquel llanto y de aquellos gritos. En el suelo había un hombre retorciéndose en los últimos espasmos de la agonía.

Parecía querer decir algo, acaso el nombre de su matador, y alzando la cabeza dejaba escapar con trabajo los estertores de una respiración que se acababa. Aquel hombre era el Cachorro, el gitano que había cumplido su cita con el destino, pagando con la vida sus secretos amores. Se le veía atravesado de pecho a espalda por una daga de rica empuñadura que su matador le había dejado hincada junto al corazón.

Ruiz Gijón viendo este espectáculo alucinante, olvidóse del hombre compasivo que llevaba dentro y se sintió salvajemente, gloriosamente artista y nada más que artista y mientras las mujeres intentaban devolverle a la vida al moribundo arrancándole del pecho el puñal, Ruiz Gijón con un trozo de carboncillo iba dibujando sobre el papel, a la amarilla luz de los candiles, la cara de agonía del gitano. Después enrolló su boceto y abandonando el grupo trágico donde ya el muerto era levantado en brazos por algunos gitanos que iban llegando, emprendió el regreso paso a paso hacia el puente de Triana, lo cruzó, pasó el Postigo del Arenal, entró en su casa y se dejó caer en la cama sintiendo sobre sí ahora todo junto, el cansancio de tantos meses de fatigosa labor. En poco tiempo Ruiz Gijón trasladó a la madera con la gubia, el boceto que había hecho aquella noche. Consiguió que la imagen tuviera verdaderamente la más exacta expresión de la agonía.



Y cuando aquel año salió por primera vez en procesión a la calle el Viernes Santo, la nueva imagen de la Hermandad del Patrocinio, el vecindario de Triana al ver en la cruz el Cristo de la Expiración, comenzó a prorrumpir en gritos de admiración y de sorpresa.





- ¡Mirad, si es el Cachorro!

¡Si es el Cachorro!

Y en efecto, era el Cachorro, el gitano taciturno, cantaor y enamorado, el que mataron por amores una noche en La Cava de Triana y que el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón, había convertido en la figura del más hermoso y dramático de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana.[/center]




ole q cosa mas guapaaaaaaaaaaaaaaaa
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Manxega




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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Miér 5 Ago 2009 - 15:30

Manxega escribió:
Leyenda del Cristo de Cachorro.



En el famoso barrio de Mi Triana, al otro lado del Guadalquivir y donde se asientan las industrias cerámicas desde los tiempos más remotos, fue encontrada a finales del siglo XVI, una imagen de la Virgen que estaba oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente la pusieron los cristianos en el tiempo de la invasión árabe. El vecindario acogió esta dádiva del cielo con alegría y fervor, construyéndose con limosnas de todos los trianeros una pequeña capilla donde rendirle culto. Muy pronto y según costumbre sevillana, se fundó una hermandad para honrar a la Virgen tan milagrosamente hallada.

A mediados del siglo XVII se constituyó otra hermandad titulada de Nuestra Señora del Patrocinio, advocación que estaba muy en boga por ser una de las predilectas de la devoción del rey Felipe IV. Ambas cofradías se fusionaron en una sola en el año 1689, acordando titular la nueva corporación con el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.

Vivía por aquel entonces en la Cava de Triana, donde esparcidas a la orilla del Guadalquivir, sobre la tierra arcillosa de los tejares estaban las chozas de los gitanos, un hombre de esta raza, todavía joven en la florida edad de los treinta años, en quien se unían las más gallardas prendas de la gitanería andante, de estatura prócer como descendiente de reyes, flexible de miembros, estrecho de cintura como bailarín y con las manos finas y alargadas, porque según su estirpe, se habría dejado antes morir de hambre que trabajar con ellas. Las manos del gitano, señoriales y finas, llamaban la atención por ser tan distintas de los de los ganapanes que trabajaban de sol a sol sacando tierra a paletadas en los barrancos de La Cava para fabricar los ladrillos, junto a cada horno de alfarería. Llamaban a este gitano el Cachorro y se le admiraba por su habilidad en tañer la guitarra y cantar con quejumbrosos quiebros de garganta los sones dramáticos del cante jondo, todavía entonces impregnados de los últimos temblores de la música morisca recién expulsada de España.

El Cachorro era, aunque cantaor, hombre serio, taciturno, reconcentrado y cuando participaba en las zambras gitanas o en las juergas de las tabernas, donde se despachaba el vino sacándolo con un cazo de estaño de los barreños colocados junto al mostrador, asumía siempre una actitud distante; como si cantara o bailara para él solo, aunque estuviera rodeado por la atención expectante de la tribu, o de los compañeros de fiesta. No se le habían conocido amores, pero todas las gitanas de La Cava suspiraban por él. Algunas voces despechadas susurraban que acaso al otro lado del río, en los barrios señoriales de San Vicente o de San Francisco, era donde los pensamientos de el Cachorro tenían alguna prisión en que cautivarse.



Aprobadas las Reglas de la nueva Hermandad de la Expiración, fue necesario dotarla de sus imágenes titulares y el Cabildo de Cofrades acordó concertar con algún artista de renombre, la construcción de una escultura que representase al Señor expirando. Y como en aquellos tiempos alcanzaba la palma y llevaba la gala el ser el más diestro escultor de Sevilla, Francisco Ruiz Gijón, se le confió a este insigne artífice el trabajo de labrar dicha imagen.

No conseguía Ruiz Gijón imaginar una nueva figura de Crucificado que pudiera destacar entre las muchas y muy buenas que ya existían hechas por ilustres predecesores en el arte de la gubia, como Juan de Mesa y como Martínez Montañés.

Durante varios meses realizó cientos de bocetos, tanto dibujándolos al carbón sobre papel, como sacándolos modelados de barro; pero siempre los rompía antes de terminarlos porque ninguno llegaba a satisfacerle. Obsesionado por su falta de inspiración, abandonó cualquier otro trabajo, olvidó de comer y enflaqueció a ojos vistas, sin salir día ni noche de su taller donde apenas interrumpía el trabajo cuando rendido por el sueño caía agotado sobre un camastro y aun durmiendo, seguía su cerebro imaginando nuevas figuras de Cristo en las que nunca encontraba la perfección que él deseaba. Porque Ruiz Gijón lo que quería reproducir era, más que un Cristo agonizando, la agonía misma por antonomasia.



No debían estar equivocadas por completo las voces susurrantes que maliciaban que el Cachorro tenía amores al otro lado del puente de Triana, porque con frecuencia se le veía desaparecer de La Cava y regresar al cabo de varios días, pero nunca se supo dónde iba. Y como los gitanos se dividían en dos clases, los gitanos caseros y los gitanos andarríos, los que tenían casas, o sea, los que vivían en chozas en La Cava, averiguaron de sus hermanos los nómadas, que andan en carretas y que ponen una manta o una lona formando techo al amparo del tronco de cualquier olivo en sus correrías, que el Cachorro nunca había sido visto por los caminos reales, por los cortijos ni por las ferias de los pueblos. No podía dudarse que cuando faltaba de La Cava permanecía oculto en algún lugar de Sevilla y se le veía tan ensimismado, cuando puede estarlo quien vive enfermo de amores difíciles o secretos.

Cierto día apareció por La Cava un hidalgo cuya figura desusada por aquellos parajes, llamó la atención de quienes frecuentaban las tabernas del barrio. Resultaba en verdad un contraste demasiado extraño el ver al caballero vestido con jubón de terciopelo negro, cuello a la valona y rica y bien guarnecida capa de seda, en aquellos tabernuchos improvisados en una choza con honores de barraca, donde las moscas negreaban sobre la tabla que servía de mostrador y donde el vino, de tanto airearse en el barreño al meter y sacar los vasos de estaño, daba un olor espeso y acre a la atmósfera. El recién llegado bebió en más de uno de los míseros tabernuchos el vino o la copa de aguardiente, disimulando difícilmente la repugnancia que sentía de acercarse a los labios el vaso donde antes de él habían bebido otros clientes sin que el tabernero se tomase la molestia de enjuagarlo. El hidalgo preguntó en todas partes si conocían a un gitano llamado El Cachorro y aunque entre la gente del bronce es uso callar o fingir ignorancia, cuando se marchó de Triana llevaba la convicción de haber dado con la pista del gitano que buscaba.

Desde aquel día viose merodear por Triana, unas veces a pie, otras a caballo, al misterioso hidalgo, siempre bien lucido de ropas y con el ademán obstinado de quien espera pacientemente, como el cazador en su puesto de acecho.

Cayó enfermo Ruiz Gijón del tanto trabajar y del tan poco comer y casi no dormir. Le ardían las manos de la fiebre, pero aunque intentaban retenerlo en la cama, él se levantaba para dibujar y modelar.

Cierta noche en que la calentura le tenía amodorrado, se despertó de repente, se incorporó con trabajo en el camastro y buscando a tientas las botas y la capa se dispuso a salir. Ni siquiera se había vestido, sino que por entre la capa se le veía blanca y empapada en sudor la camisa. Intentaron sujetarle sus familiares, pero él se desasió de ellos gritando:

- Dejadme, ahora es cuando sé que voy a copiar la verdadera cara de agonía que necesito para el Cristo de la Expiración.

Y rechazando a su mujer y a su hija que llorando querían impedirle la salida, requirió un rollo de papeles y un puñado de carboncillos, abrió la puerta y se perdió en la negrura de la calle. Parecía como si le fueran guiando, aunque él no sabía hacia dónde se encaminaba. Tenía Ruiz Gijón su taller por el barrio de la Merced, cerca de la Puerta Real. Siguió por la calle de las Armas hacia un postigo, que por las noches permanecía abierto y salió fuera de las murallas cruzando el puente de barcas que unía Sevilla con Triana. Al llegar al Altozano, quedó un momento como dudando hacia dónde dirigirse, pero la inconsciencia de la fiebre de la que estaba poseído, le hizo encaminar sus pasos hacia el lugar donde otras veces ya había estado, que era la capilla del Patrocinio. Llegado ante la puerta quedó un momento como extasiado, imaginando que en el interior estaría alguna vez la imagen que él iba a labrar. A través de la puerta cerrada su alucinación de enfermo hacía prever visible el altar con la imagen del Cristo y lleno de una local alegría desenrolló el papel y empuñando el carbón intentó copiar lo que sólo en su imaginación estaba viendo. Pero al comenzar a hacerlo recobró la lucidez y se dio cuenta de que estaba ante una puerta cerrada de no sabía qué sitio, porque no se había enterado cuándo ni cómo ni por qué calles había llegado hasta allí.

- Indudablemente estoy volviéndome loco – pensó con terror -. Y desalentado se dejó caer, más que sentado, derribado en el escalón del pórtico de la iglesia.

De repente oyó gritos a lo lejos, gritos terribles de mujeres que taladraban el aire de la noche como cuchillos. Una algarabía de gritos femeninos, estridentes y prolongados; luego vio moverse luces y oyó el galope de un caballo. Y ante él pasó como volando un jinete que ondeaba a la espalda de los vuelos amplios de una capa de seda. Se levantó Ruiz Gijón y echó a andar hacia el lugar donde partían los gritos y donde se movían las luces. Era un grupo de chozas en que moraban los gitanos. Se acercó pensando en que había ocurrido allí alguna tremenda desgracia y su caritativo natural le empujaba a socorrer, si era posible, a quien lo necesitase.

A medida que se acercaba, precisaba más a la luz de los candiles, el grupo de mujeres que gritaban y se retorcían las manos con vivo dolor, desmelenadas y a medio vestir, como de haber salido de sus chozas arrancadas del descanso. Ya cerca, vio la causa de aquel llanto y de aquellos gritos. En el suelo había un hombre retorciéndose en los últimos espasmos de la agonía.

Parecía querer decir algo, acaso el nombre de su matador, y alzando la cabeza dejaba escapar con trabajo los estertores de una respiración que se acababa. Aquel hombre era el Cachorro, el gitano que había cumplido su cita con el destino, pagando con la vida sus secretos amores. Se le veía atravesado de pecho a espalda por una daga de rica empuñadura que su matador le había dejado hincada junto al corazón.

Ruiz Gijón viendo este espectáculo alucinante, olvidóse del hombre compasivo que llevaba dentro y se sintió salvajemente, gloriosamente artista y nada más que artista y mientras las mujeres intentaban devolverle a la vida al moribundo arrancándole del pecho el puñal, Ruiz Gijón con un trozo de carboncillo iba dibujando sobre el papel, a la amarilla luz de los candiles, la cara de agonía del gitano. Después enrolló su boceto y abandonando el grupo trágico donde ya el muerto era levantado en brazos por algunos gitanos que iban llegando, emprendió el regreso paso a paso hacia el puente de Triana, lo cruzó, pasó el Postigo del Arenal, entró en su casa y se dejó caer en la cama sintiendo sobre sí ahora todo junto, el cansancio de tantos meses de fatigosa labor. En poco tiempo Ruiz Gijón trasladó a la madera con la gubia, el boceto que había hecho aquella noche. Consiguió que la imagen tuviera verdaderamente la más exacta expresión de la agonía.



Y cuando aquel año salió por primera vez en procesión a la calle el Viernes Santo, la nueva imagen de la Hermandad del Patrocinio, el vecindario de Triana al ver en la cruz el Cristo de la Expiración, comenzó a prorrumpir en gritos de admiración y de sorpresa.





- ¡Mirad, si es el Cachorro!

¡Si es el Cachorro!

Y en efecto, era el Cachorro, el gitano taciturno, cantaor y enamorado, el que mataron por amores una noche en La Cava de Triana y que el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón, había convertido en la figura del más hermoso y dramático de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana.[/center]
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MensajeTema: Re: Dedicado a los nostálgicos   Miér 5 Ago 2009 - 18:57

Manxega escribió:
Manxega escribió:
Leyenda del Cristo de Cachorro.



En el famoso barrio de Mi Triana, al otro lado del Guadalquivir y donde se asientan las industrias cerámicas desde los tiempos más remotos, fue encontrada a finales del siglo XVI, una imagen de la Virgen que estaba oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente la pusieron los cristianos en el tiempo de la invasión árabe. El vecindario acogió esta dádiva del cielo con alegría y fervor, construyéndose con limosnas de todos los trianeros una pequeña capilla donde rendirle culto. Muy pronto y según costumbre sevillana, se fundó una hermandad para honrar a la Virgen tan milagrosamente hallada.

A mediados del siglo XVII se constituyó otra hermandad titulada de Nuestra Señora del Patrocinio, advocación que estaba muy en boga por ser una de las predilectas de la devoción del rey Felipe IV. Ambas cofradías se fusionaron en una sola en el año 1689, acordando titular la nueva corporación con el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.

Vivía por aquel entonces en la Cava de Triana, donde esparcidas a la orilla del Guadalquivir, sobre la tierra arcillosa de los tejares estaban las chozas de los gitanos, un hombre de esta raza, todavía joven en la florida edad de los treinta años, en quien se unían las más gallardas prendas de la gitanería andante, de estatura prócer como descendiente de reyes, flexible de miembros, estrecho de cintura como bailarín y con las manos finas y alargadas, porque según su estirpe, se habría dejado antes morir de hambre que trabajar con ellas. Las manos del gitano, señoriales y finas, llamaban la atención por ser tan distintas de los de los ganapanes que trabajaban de sol a sol sacando tierra a paletadas en los barrancos de La Cava para fabricar los ladrillos, junto a cada horno de alfarería. Llamaban a este gitano el Cachorro y se le admiraba por su habilidad en tañer la guitarra y cantar con quejumbrosos quiebros de garganta los sones dramáticos del cante jondo, todavía entonces impregnados de los últimos temblores de la música morisca recién expulsada de España.

El Cachorro era, aunque cantaor, hombre serio, taciturno, reconcentrado y cuando participaba en las zambras gitanas o en las juergas de las tabernas, donde se despachaba el vino sacándolo con un cazo de estaño de los barreños colocados junto al mostrador, asumía siempre una actitud distante; como si cantara o bailara para él solo, aunque estuviera rodeado por la atención expectante de la tribu, o de los compañeros de fiesta. No se le habían conocido amores, pero todas las gitanas de La Cava suspiraban por él. Algunas voces despechadas susurraban que acaso al otro lado del río, en los barrios señoriales de San Vicente o de San Francisco, era donde los pensamientos de el Cachorro tenían alguna prisión en que cautivarse.



Aprobadas las Reglas de la nueva Hermandad de la Expiración, fue necesario dotarla de sus imágenes titulares y el Cabildo de Cofrades acordó concertar con algún artista de renombre, la construcción de una escultura que representase al Señor expirando. Y como en aquellos tiempos alcanzaba la palma y llevaba la gala el ser el más diestro escultor de Sevilla, Francisco Ruiz Gijón, se le confió a este insigne artífice el trabajo de labrar dicha imagen.

No conseguía Ruiz Gijón imaginar una nueva figura de Crucificado que pudiera destacar entre las muchas y muy buenas que ya existían hechas por ilustres predecesores en el arte de la gubia, como Juan de Mesa y como Martínez Montañés.

Durante varios meses realizó cientos de bocetos, tanto dibujándolos al carbón sobre papel, como sacándolos modelados de barro; pero siempre los rompía antes de terminarlos porque ninguno llegaba a satisfacerle. Obsesionado por su falta de inspiración, abandonó cualquier otro trabajo, olvidó de comer y enflaqueció a ojos vistas, sin salir día ni noche de su taller donde apenas interrumpía el trabajo cuando rendido por el sueño caía agotado sobre un camastro y aun durmiendo, seguía su cerebro imaginando nuevas figuras de Cristo en las que nunca encontraba la perfección que él deseaba. Porque Ruiz Gijón lo que quería reproducir era, más que un Cristo agonizando, la agonía misma por antonomasia.



No debían estar equivocadas por completo las voces susurrantes que maliciaban que el Cachorro tenía amores al otro lado del puente de Triana, porque con frecuencia se le veía desaparecer de La Cava y regresar al cabo de varios días, pero nunca se supo dónde iba. Y como los gitanos se dividían en dos clases, los gitanos caseros y los gitanos andarríos, los que tenían casas, o sea, los que vivían en chozas en La Cava, averiguaron de sus hermanos los nómadas, que andan en carretas y que ponen una manta o una lona formando techo al amparo del tronco de cualquier olivo en sus correrías, que el Cachorro nunca había sido visto por los caminos reales, por los cortijos ni por las ferias de los pueblos. No podía dudarse que cuando faltaba de La Cava permanecía oculto en algún lugar de Sevilla y se le veía tan ensimismado, cuando puede estarlo quien vive enfermo de amores difíciles o secretos.

Cierto día apareció por La Cava un hidalgo cuya figura desusada por aquellos parajes, llamó la atención de quienes frecuentaban las tabernas del barrio. Resultaba en verdad un contraste demasiado extraño el ver al caballero vestido con jubón de terciopelo negro, cuello a la valona y rica y bien guarnecida capa de seda, en aquellos tabernuchos improvisados en una choza con honores de barraca, donde las moscas negreaban sobre la tabla que servía de mostrador y donde el vino, de tanto airearse en el barreño al meter y sacar los vasos de estaño, daba un olor espeso y acre a la atmósfera. El recién llegado bebió en más de uno de los míseros tabernuchos el vino o la copa de aguardiente, disimulando difícilmente la repugnancia que sentía de acercarse a los labios el vaso donde antes de él habían bebido otros clientes sin que el tabernero se tomase la molestia de enjuagarlo. El hidalgo preguntó en todas partes si conocían a un gitano llamado El Cachorro y aunque entre la gente del bronce es uso callar o fingir ignorancia, cuando se marchó de Triana llevaba la convicción de haber dado con la pista del gitano que buscaba.

Desde aquel día viose merodear por Triana, unas veces a pie, otras a caballo, al misterioso hidalgo, siempre bien lucido de ropas y con el ademán obstinado de quien espera pacientemente, como el cazador en su puesto de acecho.

Cayó enfermo Ruiz Gijón del tanto trabajar y del tan poco comer y casi no dormir. Le ardían las manos de la fiebre, pero aunque intentaban retenerlo en la cama, él se levantaba para dibujar y modelar.

Cierta noche en que la calentura le tenía amodorrado, se despertó de repente, se incorporó con trabajo en el camastro y buscando a tientas las botas y la capa se dispuso a salir. Ni siquiera se había vestido, sino que por entre la capa se le veía blanca y empapada en sudor la camisa. Intentaron sujetarle sus familiares, pero él se desasió de ellos gritando:

- Dejadme, ahora es cuando sé que voy a copiar la verdadera cara de agonía que necesito para el Cristo de la Expiración.

Y rechazando a su mujer y a su hija que llorando querían impedirle la salida, requirió un rollo de papeles y un puñado de carboncillos, abrió la puerta y se perdió en la negrura de la calle. Parecía como si le fueran guiando, aunque él no sabía hacia dónde se encaminaba. Tenía Ruiz Gijón su taller por el barrio de la Merced, cerca de la Puerta Real. Siguió por la calle de las Armas hacia un postigo, que por las noches permanecía abierto y salió fuera de las murallas cruzando el puente de barcas que unía Sevilla con Triana. Al llegar al Altozano, quedó un momento como dudando hacia dónde dirigirse, pero la inconsciencia de la fiebre de la que estaba poseído, le hizo encaminar sus pasos hacia el lugar donde otras veces ya había estado, que era la capilla del Patrocinio. Llegado ante la puerta quedó un momento como extasiado, imaginando que en el interior estaría alguna vez la imagen que él iba a labrar. A través de la puerta cerrada su alucinación de enfermo hacía prever visible el altar con la imagen del Cristo y lleno de una local alegría desenrolló el papel y empuñando el carbón intentó copiar lo que sólo en su imaginación estaba viendo. Pero al comenzar a hacerlo recobró la lucidez y se dio cuenta de que estaba ante una puerta cerrada de no sabía qué sitio, porque no se había enterado cuándo ni cómo ni por qué calles había llegado hasta allí.

- Indudablemente estoy volviéndome loco – pensó con terror -. Y desalentado se dejó caer, más que sentado, derribado en el escalón del pórtico de la iglesia.

De repente oyó gritos a lo lejos, gritos terribles de mujeres que taladraban el aire de la noche como cuchillos. Una algarabía de gritos femeninos, estridentes y prolongados; luego vio moverse luces y oyó el galope de un caballo. Y ante él pasó como volando un jinete que ondeaba a la espalda de los vuelos amplios de una capa de seda. Se levantó Ruiz Gijón y echó a andar hacia el lugar donde partían los gritos y donde se movían las luces. Era un grupo de chozas en que moraban los gitanos. Se acercó pensando en que había ocurrido allí alguna tremenda desgracia y su caritativo natural le empujaba a socorrer, si era posible, a quien lo necesitase.

A medida que se acercaba, precisaba más a la luz de los candiles, el grupo de mujeres que gritaban y se retorcían las manos con vivo dolor, desmelenadas y a medio vestir, como de haber salido de sus chozas arrancadas del descanso. Ya cerca, vio la causa de aquel llanto y de aquellos gritos. En el suelo había un hombre retorciéndose en los últimos espasmos de la agonía.

Parecía querer decir algo, acaso el nombre de su matador, y alzando la cabeza dejaba escapar con trabajo los estertores de una respiración que se acababa. Aquel hombre era el Cachorro, el gitano que había cumplido su cita con el destino, pagando con la vida sus secretos amores. Se le veía atravesado de pecho a espalda por una daga de rica empuñadura que su matador le había dejado hincada junto al corazón.

Ruiz Gijón viendo este espectáculo alucinante, olvidóse del hombre compasivo que llevaba dentro y se sintió salvajemente, gloriosamente artista y nada más que artista y mientras las mujeres intentaban devolverle a la vida al moribundo arrancándole del pecho el puñal, Ruiz Gijón con un trozo de carboncillo iba dibujando sobre el papel, a la amarilla luz de los candiles, la cara de agonía del gitano. Después enrolló su boceto y abandonando el grupo trágico donde ya el muerto era levantado en brazos por algunos gitanos que iban llegando, emprendió el regreso paso a paso hacia el puente de Triana, lo cruzó, pasó el Postigo del Arenal, entró en su casa y se dejó caer en la cama sintiendo sobre sí ahora todo junto, el cansancio de tantos meses de fatigosa labor. En poco tiempo Ruiz Gijón trasladó a la madera con la gubia, el boceto que había hecho aquella noche. Consiguió que la imagen tuviera verdaderamente la más exacta expresión de la agonía.



Y cuando aquel año salió por primera vez en procesión a la calle el Viernes Santo, la nueva imagen de la Hermandad del Patrocinio, el vecindario de Triana al ver en la cruz el Cristo de la Expiración, comenzó a prorrumpir en gritos de admiración y de sorpresa.





- ¡Mirad, si es el Cachorro!

¡Si es el Cachorro!

Y en efecto, era el Cachorro, el gitano taciturno, cantaor y enamorado, el que mataron por amores una noche en La Cava de Triana y que el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón, había convertido en la figura del más hermoso y dramático de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana.[/center]










porque se repite tanto los mismos post jajajajajajajaajja
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